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20 toneladas en ayudas recolectó el Colegio Integral El Ávila en 48 horas 

20 toneladas en ayudas recolectó el Colegio Integral El Ávila en 48 horas 

Más de 20 toneladas de insumos humanitarios lograron reunir en el macrocentro de acopio del Colegio Integral El Ávila, ubicado en el noreste de Caracas, entre el lunes 29 y el martes 30 de junio. A este importante cargamento se suma el impacto del comedor humanitario instalado en el plantel, el cual ha logrado depachar

Luis Sambrano
Por

Luis Sambrano

Fundador y editor7 jul. 2026

Caracas, Venezuela – En medio de la devastación que dejaron los recientes terremotos del 24 de junio en Caracas y La Guaira, una iniciativa ciudadana ha emergido como un faro de esperanza y eficiencia, gestionando una respuesta humanitaria de una magnitud que pone en evidencia las profundas carencias institucionales del país. El Colegio Integral El Ávila, una institución educativa privada en el noreste de la capital, se transformó en un macrocentro de acopio y distribución, logrando reunir más de veinte toneladas de insumos y despachar miles de comidas diarias, una gesta que, si bien encomiable, subraya la creciente dependencia de la sociedad civil organizada ante la incapacidad estatal para atender emergencias de gran escala.

La Respuesta de la Sociedad Civil ante la Emergencia: Un Modelo de Autogestión

La magnitud del desastre, que sacudió la capital y el litoral central, generó una necesidad inmediata de asistencia que la infraestructura oficial pareció incapaz de absorber por completo. En este contexto, la iniciativa del Colegio Integral El Ávila, en alianza estratégica con el Rotary Club Caracas, cobró una relevancia crítica. En apenas cuarenta y ocho horas, entre el 29 y el 30 de junio, el centro educativo movilizó una cantidad impresionante de recursos: más de veinte toneladas métricas de ayuda humanitaria que incluían desde víveres y medicinas hasta artículos de higiene y ropa.

Este despliegue no fue meramente logístico; fue profundamente humano. El plantel no solo se convirtió en un gigantesco almacén, sino también en un comedor humanitario que ha logrado preparar y distribuir más de mil raciones de comida al día. Las cifras son elocuentes: tras una entrega inicial de 2.735 almuerzos en los primeros dos días, la actividad culinaria se mantuvo incesante, con 1.471 comidas el 2 de julio, un pico de 1.697 platos el 3 de julio, y 994 raciones el 6 de julio, abasteciendo a un promedio de quince a dieciséis instituciones diariamente.

La operatividad interna del centro en El Ávila se ha fragmentado con una eficiencia notable, casi militar en su precisión. Valia Mujica, una de las coordinadoras de donaciones, explicó que las instalaciones se dividieron en áreas especializadas: una farmacia interna, un sector de víveres, una sección de higiene, un área de ropa y, el corazón de la operación, una cocina comunitaria. La fuerza motriz detrás de esta cocina son las madres voluntarias de la comunidad escolar, quienes, sin remuneración alguna, acuden diariamente con sus propios utensilios para preparar entre 450 y 500 almuerzos, además de una considerable cantidad de desayunos. Este nivel de compromiso y autogestión no solo es admirable, sino que también es un reflejo de la resiliencia y la capacidad de organización que la sociedad venezolana ha desarrollado en la última década, forzada por la ausencia o debilidad de las instituciones públicas.

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La Red de Solidaridad: Del Ámbito Local a la Cooperación Internacional

La efectividad de la respuesta del Colegio Integral El Ávila reside en una compleja red de solidaridad que trasciende las fronteras locales. La alianza con el Rotary Club Caracas ha sido fundamental, sirviendo como un canal vital para la movilización de suministros tanto nacionales como internacionales. Esta sinergia permite al Rotary canalizar recursos, mientras la fundación del plantel facilita los espacios físicos y la comunidad escolar aporta el indispensable voluntariado, integrado por alumnos, exalumnos, profesores y representantes.

La ayuda ha fluido desde diversas fuentes. Mujica destacó la "contundente respuesta interregional", mencionando que "los tachirenses se botaron", enviando cuatro gandolas repletas de insumos médicos, medicinas, productos de higiene, agua y sacos de comida. Este apoyo desde el interior del país, de una región históricamente resiliente, es un testimonio de la solidaridad que aún permea entre los venezolanos, a pesar de las divisiones políticas y las dificultades económicas.

Paralelamente, la red global de Rotary International ha activado sus canales de apoyo binacionales y multilaterales. Delegaciones internacionales de Rotary provenientes de Argentina y México se han sumado a las labores de remoción de escombros y búsqueda de sobrevivientes, mientras la organización coordina soporte logístico y financiero a través de sus vínculos formales con Colombia y otros distritos internacionales. Esta afluencia de ayuda externa, canalizada a través de organizaciones no gubernamentales, es una constante en Venezuela, donde la asistencia internacional a menudo debe sortear las barreras impuestas por un Estado reticente a reconocer la magnitud de sus propias crisis.

Los alimentos preparados y los insumos médicos clasificados en el colegio han sido destinados a los puntos más críticos, incluyendo hospitales públicos como el Pérez de León y el J. M. de los Ríos, centros de atención en el Parque del Este y brigadas de rescatistas, entre ellas cuerpos técnicos de la Universidad Santa María. La capacidad de esta iniciativa para abastecer directamente a la red hospitalaria pública y a los equipos de emergencia es una clara indicación de las brechas que existen en la cadena de suministro y la preparación para desastres a nivel gubernamental.

El Silencio del Estado y la Resiliencia Comunitaria como Pilar Fundamental

La historia del macrocentro de acopio en el Colegio Integral El Ávila es, en esencia, una narrativa de resiliencia ciudadana frente a la adversidad, pero también un crudo recordatorio de las deficiencias estructurales del Estado venezolano. La iniciativa, que comenzó modestamente con Robiro Terán, miembro de la red rotaria, recolectando insumos en un vehículo particular, escaló exponencialmente debido a la magnitud de la tragedia y la abrumadora respuesta ciudadana. El colapso del espacio original en una vivienda familiar y la subsiguiente gestión para abrir las instalaciones del colegio con la autorización de su director, Carlos Cedeño, son síntomas de una emergencia que sobrepasó cualquier capacidad de respuesta preestablecida.

La transformación de un colegio privado en un centro neurálgico para la ayuda humanitaria, manejando operaciones que en cualquier país con instituciones robustas serían prerrogativa del Estado, plantea interrogantes incómodas. ¿Dónde estaban los planes de contingencia gubernamentales? ¿Por qué la movilización de recursos y la coordinación de la ayuda internacional recae tan fuertemente en organizaciones civiles y la buena voluntad de los ciudadanos? La respuesta, para muchos, radica en años de desinversión, corrupción y una centralización del poder que ha mermado la capacidad de respuesta de las instituciones públicas, dejándolas vulnerables ante cualquier crisis, por previsible que sea.

La evolución de la distribución, pasando de la dependencia de vehículos particulares de padres y representantes a rutas estructuradas con grupos de madres voluntarias, demuestra una capacidad de adaptación y organización que ha sido forjada en la fragilidad. Esta autogestión, aunque inspiradora, no debe idealizarse al punto de obviar que es una necesidad impuesta por la ausencia de un aparato estatal funcional. La sociedad venezolana se ha visto obligada a desarrollar mecanismos de supervivencia y solidaridad que, en otras latitudes, serían complementarios a la acción estatal, no un sustituto de ella.

Más Allá de la Emergencia: Un Legado de Compromiso Ciudadano

Valia Mujica confirmó que las labores del macrocentro de acopio se mantendrán de forma indefinida, adaptándose a las nuevas realidades de una fase post-emergencia, que pasa de la urgencia inmediata a una planificación más pausada y sostenida. Esta proyección a largo plazo es crucial, ya que la recuperación de un desastre natural de esta magnitud es un proceso que se extiende por meses, incluso años, y los efectos sobre las comunidades vulnerables persisten mucho después de que los titulares desaparecen.

El modelo de resiliencia desplegado por el Colegio Integral El Ávila y el Rotary Club Caracas en la Caracas posterremoto es un testimonio del poder del trabajo conjunto entre el sector educativo privado, el voluntariado vecinal y organizaciones internacionales con trayectoria en el país. Representa un ejemplo palpable de cómo la sociedad civil, cuando se organiza y se empodera, puede suplir las deficiencias institucionales y generar un impacto significativo en momentos de crisis.

La aspiración de Mujica, de que "se siga poniendo de moda la solidaridad", es un llamado elocuente. No es solo un deseo de altruismo, sino una tácita demanda de que la capacidad de respuesta y el compromiso ciudadano se mantengan activos y se multipliquen, no solo para futuras emergencias, sino para la construcción diaria de una sociedad más resiliente y menos dependiente de un Estado que, en momentos cruciales, ha demostrado ser insuficiente. Este esfuerzo, en su heroísmo, es también un espejo que refleja las profundas grietas de una nación que se sostiene, en gran medida, sobre los hombros de sus propios ciudadanos.

La extraordinaria movilización de ayuda por parte del Colegio Integral El Ávila y sus aliados es un relato de profunda solidaridad y capacidad de respuesta ciudadana que merece ser celebrado. Sin embargo, no puede desvincularse del contexto más amplio de la crisis venezolana, donde la sociedad civil se ve constantemente empujada a asumir roles que deberían ser responsabilidad del Estado. Este esfuerzo, tan vital para los afectados, es también un recordatorio incómodo de las fragilidades institucionales que obligan a los venezolanos a ser, una y otra vez, los artífices de su propia supervivencia.